Ciclista enojado

Todos en algún momento nos hemos visto enfrentados a un conductor de automóvil distraído, imprudente o derechamente un incipiente asesino. Situaciones en las que atraviesan su auto en nuestra vía y que nosotros debemos esquivar o frenar.

Cuando esto sucede, nos brota una rabia desde lo más profundo de nuestro interior. Inmediatamente nos preguntamos, como este personaje no mira, no se da cuenta o en definitiva, no le importa en lo absoluto nuestra presencia sobre la bici.

Acto seguido al evento, es común que nos acerquemos y tapemos en garabatos al conductor, buscando compensar el susto que nos hizo pasar y esperando que para la próxima vez, saque su automóvil, doble en la esquina o nos adelante, respetando nuestro derecho a vía y nuestra presencia en ellas.

Pero como resulta con gran parte de las cosas que comunicamos con rabia, lo que lograremos con la ensalada de garabatos al vapor, es una reacción que transformará a ambos interlocutores en dos parlantes, cada uno arrojando sonidos distintos que harán de ese momento sólo un mal rato inútil.

La rabia, con algun grado de consciencia mayor, la podemos transformar en un mensaje, que con las palabras correctas podría llegar a los oídos del conductor motorizado y sensibilizarlo en cuanto a la presencia de ciclistas en la calle, haciendo de ese momento un diálogo útil, más civilizado, cosa que en un futuro permita modificar conductas.

Escribo esto porque esta mañana viví uno de esos instantes molestos. Al momento de terminar nuestro pseudo diálogo (ciclista de mierda! – viejo culiao!) reflexionaba: de haber enfrentado de manera mas calmada al tipo, expresándole tranquilamente mi punto de vista, seguramente para una próxima vez cuando salga a trabajar en las mañanas, haga su ingreso a la calzada cuidadosamente, mirando mas detalladamente. Si es un ciclista el que viene por la vía, es probable que sea especialmente amable. Si no es así, al menos habré hecho mi parte.

Es preferible ganar amigos que seguir acumulando enemigos.