Queremos invitarlos a hacer una reflexión, analizar y debatir con argumentos. En el siguiente texto hacemos un análisis a la reciente campaña lanzada por el programa “Manéjate por la vida” de CONASET, que busca disminuir la cantidad de muertes y lesiones provocadas por siniestros de tránsito. Chile lamentablemente tiene elevadas cifras que lamentar por la sola actividad de desplazarnos. Entendemos la ciudad como el espacio en que nos comunicamos, interactuamos y desarrollamos, entre otro número importante de cosas. La congestión y la hostilidad que se deriva del dominio de los vehículos motorizados particulares y su velocidad en el medio ambiente urbano, elimina completamente la capacidad de comunicación al complicar y hacer inseguros los desplazamientos.
Es un hecho, nadie quiere estar cerca de la velocidad y la agresividad de un flujo motorizado sin control, nadie quiere morir bajo las ruedas o atrapado y aplastado en toneladas de metal torcido. El flujo motorizado en las ciudades tiene la sutileza de un elefante en una cristalería. Para recuperar la seguridad de desplazamiento en nuestras ciudades y ejerecer el derecho a vivirlas en paz, aparecen dos caminos, alejar a las personas de las calles y condenarnos a vivir encerrados, tras rejas peatonales, extendiendo los trayectos a pié o en bicicleta, y en definitiva abandonando las vías para subvencionar la velocidad o, la apuesta de tomar el toro por las astas de una vez por todas y controlar el flujo motorizado para recuperar el espacio urbano y dar paso nuevamente a la comunicación y el entendimiento, para recuperar la permanencia humana en las calles. Esto es diseñar ciudades para las personas y no las máquinas, ciudades a escala humana, diseñando ciudades para invitar a las personas a caminar, pedalear y usar el transporte público.

¿Por qué el video “riesgo” de Manéjate por la Vida falla en lograr conciencia vial y un entorno urbano más seguro?
A continuación el video.
Y el análisis.
El día 13 de julio se lanzó el video “Riesgo”, de la campaña chilena Manéjate por la Vida, que tiene como objetivo cumplir con las metas fijadas por la organización mundial de la salud en el decenio de la seguridad vial para reducir en un 25% las muertes por siniestros de tránsito en el mundo. El video nos impactó, y confirmó algunas de las inquietudes que planteamos en septiembre del año pasado acerca del modo en que el gobierno de Chile iba a llevar a la práctica los lineamientos de la ONU.

Este nuevo video está centrado en la frase “En la calle, los peores riesgos los corres tú”. Con ella buscan responsabilizar a cada ciudadano por conductas que “escapan a la norma” de la seguridad vial, como es entendida en Chile y cada uno de los países que vive bajo la cultura del automóvil. Esto es: Aprender a vivir bajo las reglas de los vehículos motorizados, so pena de muerte en caso de desobediencia.
Está claro que todos queremos vivir. Es algo instintivo a nuestra naturaleza. Y es un mecanismo natural que en ambientes hostiles con la propia vida, puede derivar en sólo pocos segundos a convertirse en estrés y, hasta el momento, la seguridad vial pide a caminantes y pedaleros demasiada atención para mantenerse vivos en un medio hostil: nuestras propias ciudades.
Para empezar, la frase “En la calle, los peores riesgos los corres tú” es una declaración abierta del estado a lavarse las manos en materia de seguridad vial y salud pública: traspasa el 100% de esta responsabilidad a los ciudadanos, mientras que reconoce implícitamente en esa declaración y las imágenes del video, que bajo las actuales condiciones, con un protagonismo desproporcionado de los modos motorizados, las vías del país son un riesgo. Si damos un vistazo atrás, nos encontraremos que el estado de Chile, a través de sus múltiples administraciones, ha legislado, diseñado y planificado la ciudad (esta última responsabilidad se delegó por omisión a la industria inmobiliaria y a la industria automotriz) para fomentar los viajes en vehículos motorizados particulares. El transporte público, la caminata y el pedaleo son formas eficientes en materia de tiempo y costos (aunque el transporte público debiera ser mucho más barato), y también mucho más limpias y eficientes en el uso de espacio urbano. Todos estos modos son postergados, ya sea en la infraestructura, la legislación y también a nivel de valoración social, por nombrar algunos.

Elementos concretos en los que es posible ver esto: aumento de la velocidad máxima en zonas urbanas, enrejamiento de cruces (y su consecuente extensión de las rutas peatonales que hacen más largos y demorosos los viajes a pié), ciclovías construidas en zonas residuales, áreas verdes, de servicios o simplemente veredas, derecho a los motorizados a virar con luz roja, creación de autopistas. En materia de seguridad: casco obligatorio para ciclistas, chalecos reflectantes, recomendaciones a peatones para evitar el vestuario oscuro de noche…
En resumen, el diseño de la ciudad está centrado en las necesidades y problemas de quienes conducen autos mientras se pide a los demás tomar precauciones, modificar sus conductas y vestir equipamiento especial para “garantizar” (si es que esa palabra puede ser usada), su propia seguridad.
Esto torna el medio ambiente urbano en un lugar cada vez más hostil y peligroso, porque el exceso de autos sin control introduce en el denso ambiente urbano grandes y pesados volúmenes de metal y plástico circulando a gran velocidad. Eso deja a quienes habitan la ciudad en un serio riesgo. Y como es natural al ser humano y casi cualquier ser vivo, obliga a las personas a salir o alejarse de un medio ambiente hostil donde la propia vida corre riesgo por exposición al peligro. Las calles se han tornado en espacios de paso, sin vida, donde ni adultos mayores ni los niños pueden disfrutar con independencia. Incluso a estos últimos les hemos inventado ciudades artificiales para que puedan experimentar la vida urbana, sencillamente porque les negamos la ciudad real. ¿Recuerdas que cuando niño podías jugar en la calle y recorrer y explorar tu entorno sin temor?
“En la calle, los peores riesgos los corres tú” En el video es posible ver con claridad que el factor común que une a los tres modos de transporte presentados (Bicicleta, Automóvil, Caminata) es la presencia de autos. Los tres casos representan situaciones de peligro porque el automóvil y su compañera “velocidad”, están presentes. Si retiramos este elemento las “conductas de riesgo” desaparecen inmediatamente. Sin embargo, “Manéjate por la Vida” prefiere presentar conductas naturales, sencillas y cotidianas, como el caminar y pedalear, como conductas de riesgo. Con esto se termina criminalizando a quienes están expuestos al peligro que representa la velocidad y el exceso de autos en las calles.
La lectura que da la sociedad motorizada a esto es que las vías deben estar despejadas de personas. Avala la cultura del “córrete de mi camino, muévete a un lado o te mato”, lo que paradójicamente está también amparado por nuestra legislación. En la práctica hoy en Chile quedas libre de responsabilidad legal si atropellas a un peatón cruzando a mitad de cuadra o cruzando con roja. Toda la responsabilidad es de la víctima en nuestro actual paradigma legal, víctima que en gran parte de los casos no puede aplicar el derecho a defensa desde el “más allá”. Como sociedad y entendiendo el actual paradigma legal, lo archivamos y asimilamos como algo “aceptable”.
A mayor velocidad es más probable que ocurran accidentes en las vías y, a mayor velocidad, son más severas las lesiones (pdf). Una persona que es atropellada a 30km/h tiene el 90% de probabilidad de salir vivo. Sin embargo, si es atropellado a 45km/h o más, las posibilidades de sobrevivir son de menos del 50%. Saca cuentas. Para la misma víctima la variable crucial es la velocidad del automóvil.
Es por eso que urge reducir las velocidades en las zonas urbanas. Con eso se disminuye considerablemente las posibilidades de muertes o traumatismos graves, e incluso se disminuye la posibilidad de siniestros al haber mayor tiempo y espacio de reacción. Como resultado, es más seguro el entorno urbano.
Analicemos el video…

El primer ejemplo del video es un par de chicos que van pedaleando forzadamente en el medio del tráfico, por la pista central, cosa que quienes pedaleamos no hacemos salvo temporalmente cuando tenemos que hacer una maniobra de cambio de pista o viraje. Para ser precisos, esa maniobra es particularmente frecuente y necesaria en la vía donde fue grabada esa escena.
Ambos van pedaleando tranquilos, conversando, en contacto con la ciudad y en un tremendo contraste de velocidad con los autos. Se les muestra como si fueran completamente ajenos a la calzada y no debiesen circular por ahí, pero la bicicleta es un vehículo y como tal, al menos en el papel, tiene el derecho a utilizarla como cualquier otro (Artículo 2°, Ley de Tránsito).
¿Es esta pareja de amigos la que está poniendo en riesgo a quienes pasan a gran velocidad y a bocinazos por los costados? NO. Es precisamente lo contrario.
¿Es un error de ellos hacer uso de las vías? NO. La Ley de Tránsito indica que ese es el lugar por donde deben circular.
Este tipo de escenas es nefasta porque refuerza, en la ya distorsionada conciencia nacional, la errónea idea de que las bicicletas no pertenecen a la calzada y criminaliza de alguna manera a quienes optan por este vehículo de pedales para hacer sus traslados en la ciudad, vistiendo su ropa cotidiana, normal, sin andar vestidos para una guerra en las calles. Poner a esa pareja pedaleando en el medio del tráfico termina siendo un pésimo favor al esfuerzo por normalizar y promocionar el uso de la bicicleta. Además, al hacerlo, el gobierno no toma en cuenta las disposiciones de la Ley de Tránsito. En rigor, la única “falta” (en el papel) es que no llevan casco, pero el video es poco claro y alude a todos los aspectos antes mencionados.
Y repetimos: si sacamos los autos de la escena no hay riesgo, no hay exposición al peligro.

En la escena de la familia caminando pasa lo mismo. Sacamos los autos y el asunto está solucionado. Para aumentar el drama y el pensamiento de “mira esos estúpidos, como se les ocurre cruzar por ahí”, los autos pasan a gran velocidad (la misma a la que circulan por ahí, frente al museo de Bellas Artes, todos los días), a la niña se le mueve el pelo por el gran volumen de aire desplazado por el flujo motorizado. Nuevamente se reconoce el peligro. Colocar a la familia cerca del peligro de la velocidad, el peso y el volumen de los motorizados es un riesgo, algo de lo cual nos queremos mantener lejos.

Y tampoco hay que dejar fuera que muchas veces cuando caminamos, nos vemos obligados a usar la calzada porque los autos bloquean el flujo peatonal al invadir veredas para estacionarlos o definitivamente la preocupación puesta en las veredas es muy cercana a 0.

Para completar el círculo, está el conductor de vehículo motorizado, quien es, a diferencia de los casos anteriores, el único que está habitando un espacio privado, una burbuja que lo mantiene aislado de la ciudad. Es el que está conduciendo maquinaria pesada (no sabemos de donde se inventaron eso de vehículos livianos para referirse a los autos, que pesan más de una tonelada y media, más de 20 veces el peso de una persona adulta promedio.) Es quien va, por defecto, distraído con controles, perillas e indicadores. El que va aislado del sonido exterior, el aire y la vida que hay fuera del auto; el que va limitado en su campo visual; El que conduce una máquina que con pequeños movimientos musculares, sentado en un cómodo sillón en el que incluso se puede dormir cómodamente, puede alcanzar grandes velocidades, tremendamente contrastantes con la naturaleza humana. Con muy poco esfuerzo todo ese poder puede salirse de control y desencadenar una tragedia, donde con frecuencia los más dañados son los que están fuera, interactuando directamente con la ciudad.

Sabemos que la mente aguda está pensado en estos momentos, “pero si todos son igualmente responsables, a todos los actores de tránsito hay que medirlos con la misma vara”. Son igualmente responsables por sus vidas, pero si se cree que son igualmente responsables por la vida de los demás, es conveniente ir y repasar un poco de física básica. Peso, Volumen y Velocidad: mayor poder implica mayor responsabilidad.
Entonces viene la pregunta. Si se reconoce el peligro, se reconoce el riesgo de la cercanía de las personas a este torrente de metal, ¿por qué no mejor trabajar para restringir y disminuir el peligro que representan los vehículos motorizados en la ciudad, por ejemplo: disminuyendo la velocidad máxima, fiscalizando conductas agresivas de conductores motorizados, diseñando la ciudad para que sea más fácil y sencillo caminar y pedalear, implementar zonas 30, semáforos con tiempos pensados en peatones y no en el flujo motorizado particular, mejorando el transporte público, etc.?
Por ahora, se sigue optando por criminalizar a las víctimas y el Estado sencillamente se sacude las manos diciendo: “En la calle, los peores riesgos los corres tú”. Y yo les daría vuelta la frase: “Hey!! en la calle los peores riesgos los corro yo!”. Ya es hora, Estado querido, de que te pongas las pilas: pacifiquemos el tránsito, erradiquemos la velocidad y el protagonismo motorizado de la ciudad y pongámonos a trabajar de forma seria como país en mejorar nuestro medio ambiente urbano, precisamente porque podemos, porque nosotros los seres humanos somos quienes lo diseñamos.
Documento escrito por Ismael Otero y Claudio Olivares Medina.



Esta nota tiene 20 comentarios
Comentar ↓
Pingback: otro cicilsta fallece | Movimiento Furiosos Ciclistas
Deja tu comentario